sábado, 7 de diciembre de 2024

Se acercaba Navidad




 Se acercaba navidad, faltaban varios días, pero ya empezábamos a percibir los signos.

El sol arrancaba tímido y se iba envalentonando hasta ser una luz blanca y caliente que dejaba las calles desiertas.

Siempre andábamos juntos, Mario y José, que eran hermanos, yo y mi hermana, algunas veces venían Martín y Natalia.

El interior de las casas de persianas bajas, con ventiladores y olor a piso encerado se ofrecía como resguardo cuando necesitábamos un vaso de  agua o alguna galletita.  

Muchas casas tenían jazmines en el patio. A la tardecita, cuando me sacaban de los juegos para hacer algún mandado, el perfume me acompañaba durante todo el camino al almacén. Yo siempre quería cortar alguno para llevarlo apoyado en la cara y tener conmigo esa suavidad apenas carnosa, pero nunca me había animado a cortar flores o frutas  sin permiso.  

Los jazmines eran la brújula de esos días.

La casa de Mario y José estaba justo frente a la nuestra. Algunas paredes estaban revestidas con piedras Mar del Plata. El auto de los padres de Mario y José era un Peugeot 504 rojo. A veces el papá, que se llamaba Mario también, llegaba con otros autos, siempre grandes y nuevos, entonces al auto rojo lo usaba Dora, la mamá, que sabía manejar.

Dora era hermosa, tenía el pelo marrón cobre y las uñas y los ojos pintados. Algunas veces, cuando íbamos a su casa a tomar la leche la encontrábamos escuchando a Julio Iglesias. El sobre del long play tenía una foto de Julio sentado en un sillón de mimbre con un traje blanco y las piernas cruzadas, la piel era marrón y los dientes muy blancos también. Los discos de Dora estaban en el living. 

Los vidrios amarillos que había en algunas ventanas proyectaban una luz distinta en esa casa, como de caramelo derretido. Todo en la casa tenía esos tonos, caramelo y marrón, como la ropa y el pelo de Dora.

En mi casa no se escuchaba a Julio Iglesias. Cuando se acercaba navidad, poníamos la colección temática de mamá: Navidad por Ray Conniff, el Conjunto Pro Música de Rosario, o canciones navideñas norteamericanas de los años cincuenta.  

Una sola vez había entrado en el dormitorio de Dora. Fue una mañana mientras ella estaba limpiando. José me había mostrado una carabina que tenía su papá detrás del ropero. Mientras él la sacaba yo había abierto una caja de porcelana pintada con flores y mariposas y había visto adentro muchos aros distintos, anillos también, todos mezclados.

Yo quería que mi regalo de Papá Noel fueran unos aritos de oro, quizás me los dejaría en la casa de la abuela. Me hubiera gustado tener unos aros como los de Dora, una argolla dorada y grande, pero eso era algo que ni siquiera podía imaginar en mis orejas. Seguro serían dos pelotitas de oro muy chiquitas.

Ya casi saboreábamos la nochebuena y la navidad. Hasta entonces, nos dedicábamos a la actividad de moda: entrar en la tapera. Ése era el nombre que tenía la casa abandonada de la esquina. Era una casa con galería, árboles y un jardín que en septiembre había estado lleno de fresias. La primera vez que entramos fue para que yo me pudiera llevar un ramo.  

Cuando podíamos atravesábamos la puerta de hierro. Nuestros padres no nos dejaban ir, decían que podía haber algún borracho o gente que nos hiciera daño. Ese comentario hacía más intenso el deseo de entrar. Casi nunca íbamos al interior de la casa. Nos quedábamos en el jardín, tirados en el pasto, o subiendo a los árboles para sacar nísperos. Un día encontramos un zapato viejo y juramos no volver, pero a los dos días decidimos que ese zapato estaba desde antes de la mudanza y el abandono de la casa. Entonces ya no tuvimos miedo

En esos días había empezado a ver a Dora caminando por las calles de alrededor. Iba arreglada, no llevaba el turbante de la toca en la cabeza; tenía el pelo lacio y pantalones ajustados. En el marrón de su ropa había algunos verdes, turquesas y rojos. Si pasaba caminando a mi lado me saludaba sin mirarme, seria, como distraída, o concentrada en algo. Y apurada: caminaba rápido.

Ella iba siempre hasta la esquina que se unía con la ruta de acceso a la ciudad, y yo me quedaba en el almacén o en el quiosco de revistas, mirándola  hasta que desaparecía.

Casi todas las noches  el calor nos hacía salir a la vereda a tomar fresco antes de ir a dormir. Nos sentábamos en el tapial bajo que tenían las casas, como casi todos los vecinos. Algunos sacaban las sillas. Los chicos  jugábamos en la calle.

Una de esas noches habíamos juntado bichitos de luz para encerrarlos en un frasco y armar un farol. Mario y José estaban con nosotros, se habían quedado en casa hasta que llegaran sus padres. Mario y los chicos más grandes jugaban a la pelota, José y yo buscábamos sapos. 

Entonces vi llegar a Dora con una pollera de volados y tacos altos. Vino corriendo hacia nosotros para alzar a José y darle muchos besos, y saludó a Marito con la mano mientras se sentaba al lado de mamá. Se pusieron a charlar muy animadas, ellas no eran amigas pero esa noche hacían comentarios y se reían. En realidad era Dora la que nunca se acercaba a los vecinos, por eso me llamó la atención, esa noche estaba feliz. Me acerqué y vi que le brillaban los ojos.

Vi esa misma luz en sus ojos aquella tarde dos días después.  

Yo estaba en la casa abandonada buscando flores y ciruelas. Había ido sola. Tenía un poco de miedo. Quizás había sido imprudente entrar así, sin nadie que me acompañara, cuando ya las luces habían bajado y era casi de noche. Apurada, cortaba lágrimas de la virgen y unas varas de navidad. No me gustaba el silencio de la casa, del interior venía frío con olor a humedad. Me apuré a juntar todas las flores para irme rápido.  Llegando al umbral del lavadero escuché una voz, la de un hombre. Con los latidos acelerados me escondí detrás de unas matas de hortensias y me quedé inmóvil.  

El miedo se apaciguó al descubrir que la voz del hombre conversaba con la de una mujer. Después se hizo silencio. Despacio llegué hasta la ventana sin vidrio desde donde vi al hombre y a la mujer. La mujer era Dora. El hombre la apretaba contra la pared. La cara de ella casi no se veía, porque estaba oscuro, pero en un momento aparecieron sus ojos, iluminados con un brillo como el de los gatos de noche.

Traté de desplazarme agachada y salir de la tapera sin que me vieran, sólo quería irme. En cambio, tropecé con un pedazo de hierro escondido en el pasto y caí contra un tambor oxidado, derribándolo.

Me quedé quieta, esperando escondida. No sabía qué, pero tenía que esperar. Ya no se escuchaban voces. Tenía que darles tiempo a irse. 

Salí de la tapera media hora más tarde.

Llegué a casa casi de noche. Mi abuela estaba planchando en la cocina. Me quedé sola debajo del sauce tratando de calmar mi sofocación. Deseaba no haber visto a Dora así, que se hubiera borrado esa escena. Su secreto no era para mí,  yo se lo había robado. Mi abuela me hablaba mientras apilaba la ropa lisa y caliente, yo respondía sin escuchar.

A las ocho José nos llamó desde la vereda para que fuéramos a su casa a ver la Pantera Rosa.  

Dora estaba cocinando, callada. Yo la miraba de reojo, no quería que me mirara. Se iba a dar cuenta de que sabía su secreto.  

Después de la pantera vino Bonanza y Dora se sentó con nosotros a mirar la tele. Tenía algo raro en la cara, a mi me daba un poco de miedo, estaba más linda, parecía que tuviera algo dibujado, una máscara que la convertía en una mujer distinta a todas las demás. Y pasaba por delante del ventilador caminando derecha y alta, el pelo se le  volaba un poco.

Mamá golpeó las manos llamándonos.  

Fuimos a dormir temprano. En la cama pensé en Dora y en su cuerpo apretado contra el hombre, algo en mi panza tenía un temblor dulce. No quería pensar en esa tarde, pero la imagen volvía. En la mesa de luz había jazmines, estiré la mano. Una gota de agua cayó en la sábana, apoyé un jazmín sobre la almohada.  Por fin me quedé dormida.

Al día siguiente estábamos aburridos y los chicos peleaban por cualquier cosa. Mario decidió que fuéramos a la tapera, yo no quería ir,  pero para que no me dijeran cobarde los seguí.

Ese día Mario quería pasar los límites, la idea era entrar en la casa y ver cómo eran las habitaciones. La casa estaba vacía.Yo tenía miedo de meterme en el pasillo que daba a los dormitorios, entonces les dije que no quería que me picaran las pulgas que seguro habría más adentro.

Mientras ellos gritaban ante varios descubrimientos, yo permanecía parada, sin hacer nada.  Me llamó la atención algo que brillaba en el piso oscuro. Me agaché y descubrí que un aro argolla de los de Dora estaba tirado junto a un pañuelo de papel arrugado.

¿Qué es eso? Preguntó Mario a mis espaldas. Se inclinó a mi lado inspeccionando el aro en la penumbra. Esto es de mi mamá, dijo con una voz rugosa y grave.

Yo dije que no era de su mamá, que estaba loco, lo agarré con velocidad y me lo guardé en el bolsillo.

Cuando volvíamos todos hablaban menos Mario y yo. Se me acercó y me pidió el aro; traté de ser firme pero no tenía argumentos para no dárselo. Te lo presto, le dije. Él me prometió que me lo devolvería. Tomó a José de la mano, entraron a su casa y nos dejaron a los demás parados en la puerta. No volvieron.

Dos días después la mañana era muy calurosa y nos fuimos directo a la pileta de lona.

Mamá leía debajo del sauce. Mi hermana quería cruzar a invitar a Mario y José, pero mamá dijo que no había nadie en la casa, que desde temprano no estaba el auto ni había movimiento, a lo que mi hermana respondió yendo a buscar unas muñecas para meter en la pileta, y volviendo con la noticia de que había visto a alguien que corría la cortina del living de la casa de los chicos.

Entonces había alguien en la casa.

¿Vamos a ver? preguntó mi hermana ansiosa  mientras me ofrecía una toalla para que saliera del agua.

Cruzamos la calle que nos quemaba los pies. Tocamos timbre, nadie vino. Golpeamos la puerta, tampoco.

La puerta estaba entreabierta, entramos despacio.

Sonaba Julio Iglesias cantando en francés La Mer. Yo había escuchado esa canción en inglés porque mamá la tenía, pero Julio la hacía bailable y la voz acariciaba. Había humo de cigarrillo en la casa, todo tenía olor a humo. Parecía que andábamos en la niebla. Nos acercamos a la cocina y ahí estaba Dora, sentada. Estaba llorando, lágrimas negras le cruzaban la cara. Fumaba y miraba la ventana.  

Rápido agarré a mi hermana de la mano y nos fuimos al cuarto de los chicos. Ellos estaban sentados en la cama, serios, mirando los dibujitos animados. No nos miraron, parecía que no habían notado que estábamos ahí.

Vamos, le dije a mi hermana.

En los días que siguieron José y Marito no volvieron a salir a jugar.

El auto rojo del papá no llegaba a la noche. Dora no estaba. O sí estaba, pero encerrada.

Le dije a mamá que fuera a ver qué pasaba en la casa de enfrente, que la había visto a Dora llorando unos días atrás. Pero ella me dijo que no había que meterse en los asuntos privados de la gente, que ellas no tenían confianza, que eran sólo vecinas

Unos días después llegaron los preparativos. Yo estaba muy ocupada con el número de navidad del Billiken, que había traído las instrucciones para hacer unos farolitos de papel metalizado dorado y rojo para decorar la nochebuena. Además había que preparar los canapés que enseñaban a hacer en la revista, pero a cada rato me acercaba a la ventana para vigilar la casa de enfrente y ver que no había novedades, que todo seguía igual: cerrado y mudo. Supuse una conexión entre el hallazgo del aro y lo que pasó después, pero me resistía a trazar hipótesis. Cuando llegaba a un punto, la mente me giraba el pensamiento a otra parte

Llegó la nochebuena. En casa había excitación desde temprano. Habían quedado sabrosos mis canapés, mi decoración había sido elogiada y en mis orejas estaban los aritos de oro. 

Después de brindar salimos a la calle para mirar los fuegos artificiales. Todos los vecinos tenían copas en la mano y se saludaban. Había humo y olor a cohetes.  

En la vereda de la casa de Mario y José se habían agrupado otros chicos del barrio para poner las cañitas voladoras en botellas y dispararlas, pero los hermanos  no estaban, Dora tampoco.

Sólo sabemos que no los vimos más.  

El resto del verano transcurrió en la rutina feliz del club y quintas con pileta.

Y yo miré las estrellas una y otra noche, y me dormí en un coro de sapos y grillos que me protegían de la soledad de la casa de Dora, que seguía ahí, amarilla bajo el silencio y el calor. Y una de esas noches pedí, en la profundidad del cielo negro, poder tener en la vida, alguna vez, esas luces en la mirada, las luz de los ojos de Dora.

 


miércoles, 8 de octubre de 2014

Europa




A veces íbamos al mar, cuando no había mucho viento. Me gustaba que los trajes se arrastraran por la arena, dejando un camino marcado. Después las huellas de Sofía arruinaban todo, siempre nos seguía y como caminaba mal, porque era chiquita, había que esperarla y levantarla para que siguiera el viaje hasta el bosque. Ahí armábamos la casita. Eran telas y unas cañas que Laura, mi hermana grande, había conseguido.
Laura tenía un vestido muy ancho y largo. Verde en  los costados y dorado en el centro, brocato, le decía mamá. Tenía que ajustarlo con un cinto hecho de tul violeta porque se le caía y se lo pisaba, a mamá le quedaba bien, ella ya no lo usaba más, ya había actuado en esa obra.
Yo siempre que iba a la playa llevaba una túnica que tenía muchos colores y telas transparentes, era mi favorita por dos razones: porque la obra donde se había usado se llamaba Sueño de una noche de verano y ese nombre me gustaba más que ningún otro. La otra razón era que Europa usaba túnicas, me lo había dicho Laura, y ahora, mientras ella armaba la casita, yo me tiraba en el suelo cubierto de agujas de pino y pensaba que con ese vestido que tenía puesto estaba igual a Europa, la chica de la leyenda.
El libro se llamaba La Edad de Oro, era de mamá y era viejo. Tenía dibujos raros, en tres colores: blanco negro y verde claro, y pocos, cada leyenda tenía sólo un dibujo.
Había pasado tardes enteras con la cabeza en ese cuento, Europa, que era hermosa, se había ido con sus tres hermanos Cadmo, Fénix y Cílix de día de campo cerca del mar. En un momento  se alejó a un prado a cortar flores, y de repente apareció un toro blanco muy lindo  y muy grande, y se hicieron amigos, ella le trenzó una corona de flores, y como premio él la invitó a dar una vuelta subida a su lomo. Pero la raptó y se la llevó porque era un dios disfrazado y se había enamorado de ella. Después el cuento seguía con la búsqueda de su mamá, y sus dos hermanos y se ponía un poco largo, por eso yo siempre pensaba en esas primeras páginas, que leía y volvía a leer sintiendo el olor del pasto y del mar, casi podía adivinar el aliento a trébol que tenía el toro blanco.
Pero al mar no lo iba a ver nunca más, mamá me dijo que seguro vendríamos todos los años de vacaciones, pero yo sabía que ellos dicen y dicen pero después las cosas se olvidan.
Mamá se trajo toda la ropa que tenía en el teatro, y junto con la que ya teníamos era lo que necesitábamos para armar las obras que teníamos pensadas con Laura.
Nos fuimos para Buenos Aires una mañana con un poco de lluvia, me habían dicho que Buenos Aires era una ciudad grande, y que íbamos a ir a una escuela nueva, con compañeras que seguro me iban a gustar.
Resultó que la casa no era una casa, era un departamento en un primer piso, ellos decían que estaba bueno porque era antiguo y que tenía un ascensor de esos tan lindos de antes. Yo no quería vivir en un primer piso, además teníamos que dormir las tres en la misma habitación. Con Laura no tenía problemas, pero Sofía quería que le diera la mano todas las noches para poder dormir y molestaba mucho…
Ése es el principio del cuento, hace como seis meses con estoy dando vueltas y no lo escribo, lo mejor de la historia es el final, porque protagonista, que se va a vivir a San Telmo, juega en la Plaza Dorrego con sus hermanas a hacer una casita y se disfrazan, y la gente, en su mayoría turistas, las esperan pensando que son un grupo de teatro callejero que está por comenzar una función y al ritmo de sus aplausos les gritan “ Que empiecen, qué empiecen”...
Esa es la anécdota que me contó una tarde mi amiga Victoria, lo imaginé un cuento, lo quería mezclar con mi infancia, siempre aislada con un libro, mucho tiempo con el libro de Hawthorne, la edad de oro, bajo el brazo y mi mamá sin el cuidado que le pone ahora, que no lo deja salir de su casa porque es una pieza de museo. Escribiendo el cuento quería sentir ese hechizo que a veces aparece cuando uno empieza a tipear y se pierde en un momento olvidado… allá lejos y hace tiempo, mafalda, la kodak instamatic, como para engañar al olvido. Pero no sé qué pasa, ya va a aparecer. Mientras tanto, la ventana con el vidrio partido, una cortina rosa dior de tan gastada y en el patio… el palo borracho reventando brotes y formando una cúpula arriba de los tréboles, y vuelvo al toro de Europa, Hawthorne decía… “aliento a trébol”... con eso me quedo en la oficina, bajo el florescente, me quedan 3 horas para salir.

lunes, 21 de julio de 2014

A una ribera

No me gustaba la cáscara de naranja mezclada
con la yerba y el pañal en los tambores de chapa
cuando pasábamos por los recreos de tierra
coronados por la vuelta al mundo y la aerosilla.
ni el olor del asado que terminó hace rato
ni el sol del invierno con el río estancado.
Las cumbias y los pasacassettes en los hombros,  
el pelo con gel no eran nuestros.
Pero estaban y sabíamos.
Que era sólo los domingos.
El día del pueblo prestado.
Ahora los quiero de vuelta
Porque me acecha
Me acosa
El auto cero kilómetro embotellado
Y me pega
La ropa deportiva cara
Los anteojos de sol
El Mac Donalds con perros y chicos en la calle
y su manguera con desperdicios
Para mostrarnos
Toda la fe que tenemos que amontonar
Para seguir creyendo
Que algún día van a volver a ser
La naranja, la yerba y el asado
Los desechos en los tambores.


jueves, 6 de febrero de 2014

Santos

Luz de tubo en la mañana, y por ocho horas, todo el tiempo en que el sol está pleno, la mañana madurando hasta convertirse en siesta y yo adentro, en la oficina.
Nadia llega de buen humor, siempre chic, linda, fresca, me da un beso, como siempre su perfume me alegra la vida por un rato:- Hola Juani ¿Vos escuchando Alejandro Sanz?
Se sienta frente a su monitor, abre la novela digital que está leyendo, desayunamos. Silvi y yo, café con leche.
Desi llama al vecino de Sueldos y se van a comprar facturas.
Nadia agita una pulsera que le trajeron de Salta, con cuentas de madera y medallitas de santos y vírgenes diminutas de colores colgando como dijes.
-Tantas vírgenes, tantos santos…qué raro vos portando santos.
-Huy, sabía que algo ibas a objetar Juani. Sabés ? Me da cosa usarla porque yo no quiero que me vean pacata ni chupacirios, Me da cosa usarla porque es como declararme devota de la Virgen…
Entonces no la uses.
-Mirá, vení, están: San Cayetano, con éste no hay problema, es humilde, popular, me gusta porque es bien popular, y…
-Sí, un poco te gusta eso de pedir por trabajo…
-Y, sí, te hace sentir buena, laburante…
-San Francisco… ni hablar, nuestro santo, “el único santo”, raro que esté acá en la pulsera viste? Nunca fue muy buscado Francisco…
-Sí pero ahora con la movida ecológica, capaz que lo siguen los New Age, esto de Hermano Sol Hermana Luna…el lobo, los pájaros…
-La  Virgen de Luján, y bue, yo tengo mi corazoncito… es una cuestión de orgullo local, como Flandria.
-¿Y éste? ¿Qué es esto?
-El Niño Jesús de Praga
-No, a ese no lo tenía…ya es como demasiado! ¿No es suficiente con una chorrera de Vírgenes y Santos de todo color y procedencia, que le agregan Jesuses?
-¡Mirá! Tengo también a la Virgen Desatanudos A esta no la quiero, pero… ¿qué hago?, me da un poco de miedo sacar la medallita, es como despreciar sus servicios, siento que si la desecho me va a pasar algo.
-Sí, sí, claro… te entiendo
-Pero a la vez, vos sabés, creo que ya hablamos de la Virgen Desatanudos,
-Sí, Sí, es como San Expedito…
-Un chamuyo
-Es como… que el nombre lo dice, como…
-Totalmente comercial, redundante…
-Sí, porque… todo es chamuyo, pero ésto ya es excesivo, que el nombre diga lo que hace o el efecto que provoca.
-Y sobre todo, lo siniestro del caso, Juan, es…
-Pará, pará, es como mi amigo Marcelo Marcel,
-Fernando Fernán Gómez...
-No, mejor es como el Doctor otorrinolaringólogo Garganta, o el dueño de la casa velatoria Morbideli.
- O la escuela de comedia musical Fracasi.
- Sí, si, ya sé, pero volviendo…
- Sí, la Desatanudos
- Bueno: La Virgen Desatanudos, eso de desatar nudos siempre me sonó a brujería, ¿Viste que a veces te dicen? Fulano te hizo un trabajo, hay que destrabarlo, desatarlo, algo así, “en esta casa hicieron un trabajo”, entonces la virgen Desatanudos parece que te destrabara algún trabajo que te hicieron…
-¿Pueden parar che?-Silvi con una mano en el teléfono y una galleta marinera en la otra, nos hace señas – Ya le paso, señora con la persona que le puede informar, Juan, teléfono
-Uy, tan temprano…
-Hola
-Sí señor buenosdías, yo necesito una información, ¿sabe que anoche me soñé con la intendenta? Y quería saber la edad de ella para jugarle a la quiniela…
- ¿Sabe que no tengo idea de la edad de la intendenta? Pero le voy a pasar el número de Secretaría Privada que ahí le van a decir, anote, cuatro tres cinco cero siete dos.
-No le cortes así, sos guacho vos Juan ¿eh?
-Es que no tengo ganas de saber nada con nadie, y menos con la intendenta, quiero hacer como que no estoy en la Municipalidad, Nadia, volviendo a los santos…
-¿Qué pasa con los santos?-Desi y su amigo de Sueldos entran con la bolsa de facturas…-Ojo con decir cosas feas ustedes dos ¿eh? Que después se nos llena de mala onda la oficina.
- Bueno, listo ya llegó Desi y no podemos hablar más.
En la pantalla de Nadia se ve una foto de dos jóvenes en blanco y negro, son Robert Mapplethorpe y Patty Smith .
-Ya pusieron el libro en la web? Salió impreso hace sólo dos meses Ah! Ahora entiendo por qué te permitiste la pulserita con santos vos, Nadia.
-Qué hijo de Puta que sos Juan, lo decís por Mapplethorpe… no se te escapa una eh?
-A mí me gusta mucho la obra de Mapplethorpe, ya sé que si digo eso ya estoy en el club gay ¿no? No me importa, me parece un gran fotógrafo.
-Totalmente, fue un gran artista, esto de los íconos católicos casi que lo inventó él.
-Lo inventó él, después vinieron los ídolos de los chicos bafici, como Marcos López, Pierre et Gilles, Lachapelle, éstos fotógrafos pop kitsch.
-Qué son los chicos bafici?
-¿Nunca fuiste al Buenos Aires Festival de Cine Independiente?
-Está ahora en el Abasto, yo voy con mi hermana mañana, vamos, no te lo podés perder.
-Mañana…- arruga la trompita, ahora me estoy reconciliando con la vida, una amiga para charlar así, charlar…para toda la vida estas conversaciones.
(gracias, Señor, por darme a Nadia todos los días)